El reto de ser más humanos

El reto de ser más humanos

Nuestro codirector, Iker Martínez, trae hoy un artículo un poco diferente. Y es que, en el contexto en el que estamos viviendo, se nos presentan un montón de obstáculos, pero también de oportunidades así que, ¿por qué no plantearnos un reto?, ¿y por qué no puede ser el reto de ser más humanos?

Esperamos que te guste y te dejamos este vídeo donde nuestro codirector te habla de varios de los conceptos que desarrolla en el artículo:

Las crisis a lo largo de la historia

A lo largo de la historia humana, se han ido dando de manera cíclica situaciones en las que la polarización social ha dominado las relaciones. Desde las conquistas de antaño hasta las guerras recientes, han tocado las teclas necesarias para que individuos de una misma especie terminen odiándose y matándose por cuestiones que han ido desde la territorialidad o la expoliación de recursos, hasta la religión.

No sé si te has parado a pensar en algún momento qué lleva a un ser humano a insultar, agredir o incluso matar a otro. ¿Qué hay detrás de este tipo de conductas? Es simple, lo mismo que para que un ser humano halague, abrace o salve la vida a otro: una conducta final que viene precedida de una respuesta emocional a la que se asocian diferentes interpretaciones de la realidad que esa persona en concreto está percibiendo.

Qué dice la neurociencia de nuestro cerebro

El ser humano en general, se ha creído dueño de sus acciones, pensando que dominaba sus pensamientos y por lo tanto, las emociones asociadas a éstos. No obstante, la neurociencia nos demuestra que nuestro cerebro fisiológicamente es emocional antes que racional, y que para cuando el procesamiento de la información alcanza nuestra parte cognitiva, es decir, consciente, ya ha podido generar una emoción que condiciona nuestra manera de percibir el mundo.

Nuestro cerebro es tremendamente complejo, y vive tratando de integrar cada día dos procesos diferenciados neurológicamente. Dichos procesos no sólo conviven si no que se mezclan hasta que finalmente uno termina siendo el impulsor de nuestra acción final.

Los procesos cerebrales

La neurociencia muestra que contamos por un lado, con un circuito emocional, que es capaz de procesar la información percibida del entorno en menos de 100 milisegundos. Tras este primer paso, pone esta información en relación con las experiencias pasadas y produce una respuesta emocional en la que nuestro cuerpo se modificará para actuar en función de la emoción que se ha generado.

De este manera, si ha surgido ira, mi cuerpo, inicialmente, se prepara para pelear, mientras que si ha surgido alegría, se preparará, por ejemplo, para facilitar la interacción social. En la literatura científica, este sistema se llama bottom-up (de abajo arriba), y es un sistema involuntario, reactivo, en el que aún no ha entrado nuestra capacidad de análisis y raciocinio.

Por otro lado, contamos con otro segundo circuito, mucho más lento que el primero. Concretamente se ha calculado que tarda 250 milisegundos en llegar la información a nuestro neocórtex, la zona donde podemos tomar conciencia, razonar y regular nuestra conducta de un modo consciente para que no sea el impulso emocional el que domine nuestras acciones. Este circuito nos ofrece la posibilidad de darnos cuenta, de parar, de tomar distancia de la reacción emocional y decidir de un modo más consciente y proactivo cuál es la mejor conducta.

A este circuito se le denomina top-down (de arriba abajo) y fue desarrollado más tarde en nuestra evolución filogenética. Generó una diferencia notoria con el resto de los homínidos, dado que nos aportó, entre otras, la capacidad de razonar, anticipar o prever las consecuencias de una posible acción.

¿Cómo se relacionan ambos circuitos cerebrales?

Vemos por tanto, que en nuestro cerebro el circuito corto que tiene relación con la aparición de nuestras emociones, fue evocativamente hablando, anterior a nuestra capacidad de raciocinio. Del mismo modo, vemos cómo la aparición de una emoción es mucho más rápida que la posibilidad de razonar.

Como hemos dicho anteriormente, estos circuitos conviven continuamente entre sí y, en cierta medida, podríamos decir que su actividad es inversa. ¿Qué quiere decir esto? Que a más intensidad de respuesta de abajo arriba, menos respuesta de arriba abajo, y viceversa.

Cuanto más potencio mi capacidad de darme cuenta, parar y regular, más voy disminuyendo el circuito reactivo de mi cerebro. Cuando el primer sistema se activa de manera excesiva y la emocionalidad supera un listón personal, se da un proceso llamado “secuestro amigdalino”, que bloquea nuestra capacidad de pensar y razonar. Podemos pensar para ilustrarnos en una situación desbordante como puede ser para muchas personas, un ataque de celos, por ejemplo.

El primer sistema está creado para la supervivencia, es decir, para actuar de un modo reactivo ante circunstancias del entorno que, en algún momento de nuestra evolución, han exigido respuestas rápidas para sobrevivir en el instante. Esto lo convierte en un sistema reactivo, rápido y, esencialmente, barato en cuanto al esfuerzo personal que requiere.

Si bien nos ofrece una reacción de supervivencia, indudablemente útil y necesaria, se trata de sistema cortoplacista que no piensa en el después ni se preocupa en las posibles consecuencias que una acción de tales características pueda traer.

El segundo sistema tiene una función diferente. Cuando no se deja llevar por el primero, permite parar y abrir un espacio para “darse cuenta”. Aquí es donde el raciocinio puede entrar y dar espacio tanto a la cognición como a la reflexión, por lo que pide un mayor tiempo.

Este sistema, como estarás intuyendo, requiere más energía. Pensar tiene un costo energético mayor que reaccionar de manera instintiva hacia las cosas. Además, nos permite mirar a largo plazo y anticipar las consecuencias de nuestros actos eligiendo entre diferentes opciones de conducta. Este sistema es el que nos permite entender por ejemplo, que un esfuerzo hoy, puede ser productivo mañana. También es el que nos dota de la capacidad de empatizar y ponerse en la piel del otro, características imprescindibles para lograr una convivencia armónica.

En conclusión podemos quedarnos con la idea de que el primero está orientado hacia la supervivencia, mientras que el segundo da lugar a la convivencia.

¿Por qué te hablo de esto?

Vemos como en nuestro cerebro conviven diferentes opciones que nos ofrecen perspectivas distintas. Una no es necesariamente mejor que la otra, sino que nos ofrece una posibilidad de respuesta que estará más adaptada a un contexto determinado.

La opción bottom-up es ideal para un entorno de supervivencia puro y duro como sería vivir en la selva amazónica, mientras que la opción topdown se tiene que cultivar en contextos más actuales como los que, en general, vivimos nosotros, en los que la acción rápida, cortoplacista, no suele ser la más eficaz a medio plazo.

Pero ¿por qué todo esto? Bien. La COVID-19 está dando lugar a una cascada de situaciones que, en mayor o menor medida, están generando multitud de emociones en nosotros. Destacan las siguientes:

  • Miedo por la incertidumbre vinculada a una situación que nos es completamente nueva. Y también por supuesto por la amenaza que supone el virus para nuestra salud o por una anticipación en la que el futuro ha tomado un tono más oscuro cuando dirigimos nuestra vista a él.
  • Ira (como emoción básica que engloba el enfado, la cólera o la rabia) dadas las restricciones de movimiento, las situaciones que catalogamos como injustas y que estamos viviendo actualmente nosotros o nuestros seres queridos, o por la frustración de querer y no poder.
  • Tristeza, dada por la pérdida de seres queridos, por la distancia respecto de éstos, por el sentimiento de soledad que experimentamos o por sentir que nuestros esfuerzos por mejorar la situación son en vano y no obtenemos recompensa alguna.

Experimentar estas emociones con mayor o menor asiduidad o intensidad, es completamente normal durante el proceso, lo cual nos aboca a tener que lidiar con ellas.

Aquí se inicia el reto de ser más humanos

El circuito corto, del que hemos hablado antes, se activa generando emociones, mientras que es el circuito largo, el que nos permite manejarlas.

Según nos dice la neurofisiología, una emoción en su proceso natural debería durar unos 90 segundos, aparecer de manera involuntaria y generar un cambio que nos prepara para una acción predeterminada y, pasados esos 90 segundos, diluirse para permitir que volvamos a la calma anterior a la propia emoción.

Cuando no manejamos bien nuestras emociones, ese timing inicial de 90 segundos va a empezar a alargarse, y es entonces cuando la emoción se transforma en sentimiento. A medida que el sentimiento se alarga, se convierte en un estado de ánimo, que, con el tiempo, podría transformarse en un estilo emocional y personal. El proceso vivido sería del siguiente modo: surge enfado en mí, me siento enfadado, estoy irascible, soy irascible.

Que una emoción termine en un estado de ánimo depende de nuestra gestión de la propia emoción. Cuando la gestionamos de un modo correcto, facilitamos que el proceso de extinción emocional se dé en unos tiempos saludables para nosotros.

No obstante, podría ocurrir que en una situación como la que estamos viviendo, en la que los inputs de información, nuestra mirada al futuro, el sentimiento de indefensión, etc., retroalimenten continuamente las emociones de miedo e ira, y nuestro estado emocional tienda al mantenimiento.

Entonces podría ser que la experiencia emocional vaya prolongándose en nosotros, y lo que empecemos a observar en nuestro entorno sea una irascibilidad general, que se manifiesta, por ejemplo, en hiperreactividad, en falta de empatía o en un contagio social que empuja a la división y la polarización. Solo podría ser.

Decisiones complejas

Nuestro cerebro tiene la capacidad de parar, de no dejarse llevar por el sistema reactivo de supervivencia, de encontrar un espacio que permita mirar más allá del miedo, la tristeza y la ira.

El sistema bottom up se activa de manera crónica y comienza a secuestrar nuestra capacidad de filtrar, sesgar y reflexionar, condicionando, así, nuestra perspectiva del mundo. Es entonces cuando la ira va ganando la batalla y sólo veremos esa parte de la realidad que nos ofende, esas personas que parecen atacarnos, con la frustración que trae aparejada todo esto. Si es el miedo el que domina nuestra mirada, se centrará en los peligros, en las amenazas o en todo aquello que tiene un tono marcado de incertidumbre.

¿Qué quiere decir esto? Que en dicha situación, ese sistema empezará a condicionar de manera determinante mi campo perceptivo de la realidad para retroalimentarse a sí mismo. Si esto se alarga en el tiempo, el sistema instintivo irá dominando más y más, generando en nosotros el modo supervivencia, inhibiéndose a su vez el espacio para la reflexión. Y, ¿qué consecuencias trae esto? Pues ya te podrás imaginar: más reactividad, más cortoplacismo, menos empatía, etc., entrando, de este modo, en un bucle circular que se autoalimenta.

Para nuestro cerebro, que lleguemos a ese punto es sin duda, esto es lo fácil y lo barato, pero aquí es donde el ser humano pierde lo que en esencia le hace humano. Cuando hablamos del reto de ser realmente humanos hablamos de esto, de cómo vamos a plantearnos afrontar la situación que tenemos ante nosotros. Cuál de los circuitos vamos a elegir para tomar las complejas decisiones que tendremos que tomar los próximos meses.

Notas finales

Recordemos que la otra opción sigue ahí, dentro de nosotros, nuestro cerebro sigue teniendo la capacidad de parar, de no dejarse llevar por el sistema reactivo de supervivencia, de encontrar un espacio que me permita mirar más allá del miedo y la ira, mirando hacia un medio y a largo plazo. Indudablemente, es más laborioso hacerlo, exigirá de nosotros un esfuerzo mayor que lo anterior, pero no tengo duda alguna de que con el tiempo nos daremos cuenta de que el beneficio que alcanzaremos será infinitamente más satisfactorio.

Ésta es probablemente la situación más límite que hemos tenido ante nosotros como especie. El clima empieza a ahogar nuestra propia supervivencia, la COVID-19 nos recuerda nuestro pecado de soberbia, mostrándonos que no podemos controlar ciertas cosas de la naturaleza, y el aumento de la desigualdad social nos recuerda que, aunque nos lo neguemos a nosotros mismos, hace tiempo que dejamos de pensar como especie.

Por otro lado, nunca en nuestra historia ha sido tan sencillo difundir información y producir grandes redes de personas que compartan el propósito de un mundo más humano.

No podemos engañarnos pensando que será sencillo, y tampoco podemos esperar a que sea otro el que empiece hoy. Ahora tenemos la oportunidad individual de dar el pequeño paso de parar, de tomar conciencia de nosotros mismos, y analizar qué parte de mí está guiando mis actos.

Esto, y creo que solo esto, permitirá abrir ese espacio interior para ampliar mi mirada, para pensar más allá del cortoplacismo y la reactividad, paro encontrar en cada uno de nosotros una mirada amplia hacia la convivencia porque de esta supervivencia dependerá directamente nuestra convivencia.

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#behealthy!

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